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II Domingo de Adviento A

Año XXXIV – Número 3 – Ciclo A –

16 de diciembre de 2007

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO
d

¿Qué es la paciencia? La espera pausada y confiada, depositada, ¿en un deseo?, o ¿en una certeza?
Nos mantenemos pacientes (incluso resignados) ante la realización de nuestros deseos: salud, felicidad, momento económico, realización personal…siempre “esperando”  alcanzar aquello que nuestro corazón anhela.
Jesús vino, hizo, comunicó, regaló su Espíritu y… ¿se marchó? Todavía andamos esperando pacientemente su vuelta, anunciada ya desde antiguo. Mientras tanto nos dedicamos a poner nuestras energías y nuestra paciencia a disposición de nuestros deseos y de esos “Mesías” que hoy en día nos rodean. A veces son tas materiales como “mi salud” y la de “los míos”, “mi hipoteca”, “mis vacaciones”, “mi familia”,…. y en otras ocasiones son altruistas y universales: “mi solidaridad”, “mi compromiso”, “mi tolerancia”, “mi fraternidad”, “mi…”
Cuando Cristo nos regaló su Espíritu nos dejó “su” amor, “su” fuerza, y toda “su presencia” junto con “su Reino”.

Él vendrá, ¡claro que vendrá!, pero ya esta aquí, transformado la paciencia en esperanza. Su presencia nos alienta a participar de “Su plan” de salvación, aquí y ahora. Nuestros pequeños anhelos (incluso los más altruistas) no nos pertenecen, son su presencia activa y dinámica invitándonos con su Espíritu a participar en la construcción del Reino. Por ello no debemos ser pacientes, sino esperanzados, y más todavía, confiados. En la paciencia y la esperanza surgen las dudas, los desalientos; en la confianza, no. Saber que él lo siembra todo, lo riega todo,… y lo recogerá todo, no durante mi vida terrena, (su tiempo no es el mío), pero sí durante su plan de salvación.
La confianza pues no da lugar al desaliento, la certeza libera de la esclavitud de “mis logros”: Él recogerá.
Sólo con Él podemos unos preparar la tierra, otros sembrar, otros regar, otros quitar las malas hierbas, otros… pero sólo Él recogerá el fruto, que con Él (nunca en su sola espera) hemos podido preparar entre todos.

Mi breve experiencia como profesora de Religión de ESO y Bachillerato pone a prueba mi confianza en Él constantemente: el desaliento ocasional, los pequeños logros como algo personal, la responsabilidad sobre lo hecho, “mis” fuerzas invertidas constantemente…
Todos vivimos situaciones profesionales y voluntarias movidas por su amor, de las que nos apropiamos de continuo y que nos llevan desde el desánimo a la esperanza pasando en ocasiones por la frustración y la alegría.
Pongámoslo en sus manos, en su presencia, en su aquí y ahora. Confiemos, que el mejor agricultor del mundo está presente entre sus jornaleros. Él cosechará, no nosotros,… y todavía no ha llegado el momento.

                                                                                              CONCHA MORATA

 

DIOS HABLA

ISAIAS 35,1‑6a.10
El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará». Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

SANTIAGO 5,7‑10
Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

MATEO 11, 2‑11
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti”. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».

 

EXEGESIS

 

PRIMERA LECTURA
Resulta consolador observar cómo el profeta para anunciar los nuevos tiempos paradisíacos se dirige a los pobres, a los débiles, a los vacilantes, a los de ánimo pusilánime: son ‘los que tienen necesidad de médico’. Aparte quedan siempre y para siempre los fuertes, sabios, ricos y poderosos….. causantes de la miseria. Y no hablamos aquí en términos sociológicos (que también), sino teológicos. Sólo los que esperan la venida del Señor. vigilantes, con la zozobra que produce la esperanza, entenderán la promesa. Porque ellos la necesitan constantemente para mantenerse en vida.
Nos escribe un misionero la alegría incontenible de su pueblo: han podido, por fin, colocar 30 farolas con energía solar en el pueblo; hubo fiesta, alegría…. y responsables para cada una de las farolas, para controlar su gasto, vigilar su conservación…. Los niños estudian cada noche a su luz. Y ahora –nos anuncia- otro gran acontecimiento: el agua. Traída de al agua, depósito en alto, y fuentes en cada barrio de la extensa aldea…. ¡se acabaron los cubos y la cuerda; se acabaron las aguas poco sanas… ¡y cuánto ejemplo así!
Hace poco leíamos a un periodista atacar con verdadera saña a la Iglesia…. a cuenta del preservativo…. responsabilizándola de todos los miles de enfermos y muertos que causa el sida. ¡Permitir que se engendren hijos…. para el hambre y la muerte! Esto lo dice después de desprestigiar la doctrina de la Iglesia afirmando que nadie le hace caso en la Europa de las comunicaciones y el desarrollo….. ¿y le hacen en caso en África, que no saben quién sea el Papa, y los católicos son la mayor minoría? Y es que no hay cosa más cómoda para mentes adormecidas e ignorantes, que encontrar un culpable que pasaba por ahí…. Y es que si no, habrá que buscar quién causa realmente el hambre, las guerras o las brutales desigualdades.
Y es que de los países ricos no se puede esperar gran cosa. El profeta Isaías ya sabía mucho de imperialismos –primero Asiria y luego Babilonia los había arrastrado al exilio (hay que entender que este capítulo pertenece al Segundo Isaías y allí vivía exiliado-refugiado su pueblo) Por eso desconfía de ellos y se confía a los pobres, desvalidos y pusilánimes.
¿Cómo puede sorprender que, cuando un país o una persona confía en este principio los resultados son mesiánicos, verdaderos milagros? Madre Teresa de Calcuta y miles de misioneros, como estos que acabamos de relatar; un médico enterrado en Mozambique, Pedro Alonso, con la buena noticia de que su ‘vacuna’ puede estar a punto de anunciar el principio del fin de la malaria ¡por fin!  Castro (como Ciro) que envía miles de médicos y maestros a Venezuela, los primeros que en su vida visitan y enseñan a millones de venezolanos….
Se dirá que todo esto son ‘remiendos’… ¡Soluciones contundentes es lo que hace falta! ¿Para provocar más males y desgarros que los que existían? A tiempos nuevos odres nuevos. Y es que resulta que no hay otro camino que la ‘paciencia revolucionaria’, la esperanza, ‘la pequeña esperanza que cada mañana nos da los buenos días’ (Pèguy).

 JEREMÍAS LERA BARRIENTOS

SEGUNDA LECTURA
Durante la primera generación cristiana estuvo bastante extendido -en círculos influenciados por la mentalidad apocalíptica-  el convencimiento de que el Señor Jesús había de volver muy pronto para instaurar pública y gloriosamente su Reino, ya comenzado en su primera venida. Era lo que solemos llamar expectativa de la parusía inminente, concepto importante para comprender algunos pasajes de los escritos neotestamentarios.
Entre estos pasajes se encuentra éste de la Carta de Santiago. Está en la línea del evangélico “vigilad, porque no sabéis el día ni la hora”. El corto tiempo que nos separa de lo definitivo alienta a perseverar aun en medio de dificultades, porque no durará mucho y, además, no se tendrá la impresión de haber perdido el tiempo cuando ya no hay remedio.
¿Cómo puede traducirse esta motivación hoy en día,  -y ya desde la segunda y tercera generación cristiana- cuando no esperamos una inminente venida del Señor ?.
Por una parte no es cierto que el Señor no venga. Está llegando continuamente; no de la forma espectacular y gloriosa que tendrá lugar al final del tiempo, pero está con nosotros y se hace presente en múltiples circunstancias. Nos vamos encontrando con Cristo a lo largo del camino de la vida y de modo especial en algunos momentos, bien en la liturgia o en otros momentos.
Por otra parte para cada uno de nosotros la muerte es el momento del encuentro definitivo y total con el Señor. Más allá de ella el tiempo no tiene importancia. Y ese suceso puede ser inminente y hemos de vivir conforme a esta realidad. Tal idea no es muy popular, pero no por ello menos cierta.

                                                                                                          FEDERICO PASTOR

EVANGELIO

Texto. El domingo pasado escuchábamos a Juan hablar del que viene detrás de él. En el texto de hoy, Mateo, al igual que Lucas, recoge una tradición sobre la perplejidad de ese mismo Juan ante la actuación del Mesías. El término Cristo, empleado por la traducción litúrgica en el v.2, deriva del griego y es traducción del hebreo Mesías. En este texto Cristo no es nombre propio sino título.
Jesús reivindica su condición de Mesías, entendiendo ésta no en la línea de los apocalípticos, sino en la de los diversos profetas agrupados bajo el nombre de Isaías. El v.5 del texto es una refundición de Is. 29,18-19; 35,5-6 y 61,1. En línea con estos profetas la actuación de Jesús no es destructora, sino reparadora de los desajustes existentes.
La reivindicación de Jesús se cierra con una bienaventuranza. Sería incorrecto interpretarla como advertencia o llamada de atención a Juan. Es más bien una declaración en favor de los que no ven en Jesús un motivo de escándalo.
La segunda parte del texto se centra en Juan y en su papel dentro de la historia de la salvación. La interpelación y la pregunta retórica dan a esta parte viveza y fuerza. El desierto del que se habla es la falla geológica en la que Juan actuó. Paisaje árido y tórrido, salpicado en algunos lugares por matorrales, arbustos y cañaverales. Siguiendo la margen occidental del mar Muerto, se llega a una altiplanicie rocosa, rodeada de barrancos. Su nombre actual es Masada, que significa fortaleza. Se trata, en efecto, de una fantástica fortaleza natural inexpugnable, donde, entre los años 37 y 31 a.C., Herodes había construido un palacio dotado de todos los lujos y comodidades. Un palacio proverbial, del que todo el mundo contaba maravillas.
Jesús rinde a Juan tributo de admiración por su entereza y austeridad. Sus referencias a las cañas y a los palacios se explican y comprenden a la luz de lo mencionado en el párrafo anterior.
Pero la verdadera grandeza de Juan reside en su función de mensajero inmediato del Mesías. Esta grandeza, sin embargo, palidece ante la realidad del Reino de los cielos traída por el Mesías. La llegada de este Reino hace realmente grandes a las personas.

Comentario. Dos son las ideas matrices del texto. Primera: el Reino de los cielos es ya una realidad en nuestro mundo. Segunda: este Reino no destruye el mundo, sino repara lo desajustado  existente en él.
Síntomas de este desajuste son la enfermedad y la marginación de los pobres. La primera es un misterio; la segunda, una injusticia intolerable. La enfermedad debe ser combatida como desajuste y aceptada como misterio; la marginación de los pobres debe sólo ser combatida, nunca aceptada.
A pesar de todo hay que seguir afirmando la realidad del Reino de los cielos en nuestro mundo. Mucho, sin embargo, nos queda aún por aprender del mensajero Juan. Existe entre nosotros demasiado arrivismo y búsqueda del sol que más calienta; existe demasiado despilfarro. Entereza y austeridad: dos grandes olvidadas.

ALBERTO BENITO

NOTAS PARA LA HOMILIA

 

Florecer
Escribió una vez Pablo Neruda, para terminar uno de sus veinte poemas de amor, algo similar a esto: “Me gustaría hacer contigo // lo que la primavera hace con los cerezos”. Hablando una vez con un amigo sobre esos dos versos que a mí me resultaban tan gráficos y visuales, resultó que él no entendía bien qué significaba aquello, y de una forma un poco más prosaica intenté explicarle; cualquiera que haya salido al campo en primavera verá que no sólo los cerezos, sino en general los frutales, el monte bajo, toda la vegetación, de repente surge de su letargo y empieza a echar brotes. De lo más seco, del tronco sin vida, brota el renuevo. De las ramas peladas y muertas empieza a aparecer la vida que se tiñe de color verde. En incluso, como con los cerezos, directamente en las ramas brotan las yemas que estallan en flor y casi sin mediar una transición se pasa del árbol pelado a la borrachera de flores que hacer sentir exultante a cualquiera que lo contemple.
La Palabra de Dios de hoy ha sido para mí como escuchar a Dios recitándome al oído un poema de amor de Neruda; como que Dios me hablaba con serenidad y me hacía una promesa: desierto y yermo se alegrarán, florecerán el páramo y la estepa, hasta el mayor de los secarrales se tornarán en gozo y alegría… porque viene tu Dios a salvarte. Dios quiere hacerme florecer, y quiere que yo sea una flor más en este mundo a veces tan seco, tan triste, tan incapaz de dar fruto, tan cerrado a la gloria y tan empeñado en mostrar la acción devastadora del paso del ser humano por él. Y por eso, mi primera invitación a todos vosotros al escuchar la Palabra proclamada es a pararse a escuchar esa promesa, ese poema de amor que Dios nos hace, porque sólo sintiéndose tan amados por Él podremos realmente vivir en la actitud básica del adviento: la esperanza. Espera el agricultor que sabe que de la sequedad de la tierra escarbada saldrá algo. Espera él cuando pacientemente deja pasar los días, y aunque no sepa exactamente cuándo será, pues depende de muchas circunstancias, está atento a los primeros brotes para, entonces, ponerse a abonar y estimular que florezca en plenitud. Y esperamos nosotros cuando a pesar de las malas noticias que cada día nos llegan de nuestro pequeño o gran mundo sabemos vislumbrar esos brotes que dan sentido a nuestra espera.
Por eso, es bueno también preguntarnos, ¿cómo ando yo de esperanza? ¿Soy capaz de ‘esperar’ en la confianza de la promesa de Dios? ¿Y me esfuerzo por mantener los ojos abiertos para detectar esos brotes de vida en mitad de la desolación que a veces nos rodea?

Sin impaciencia
Hay una segunda idea que me parece también importante recordar. Y también para explicarla utilizaré un recuerdo mío. Cuando yo era pequeño mi madre tenía en casa bastantes plantas. Recuerdo en concreto una bronca que me pegó mi madre porque tenía un pothos con largas ramas que desde la maceta situada encima del aparador del comedor se extendían hacia abajo colgando y por los lados como una larga enredadera, y yo había cogido la costumbre de observar el extremo de cada rama y cuando veía que surgía una nueva hoja enrollada sobre sí misma con mis dedos “forzaba” que se soltase de la rama y se desenrollase. Mi intención era que la planta creciera más rápido, pero lo único que conseguía, claro, era matar esa hoja, y de ahí el enfado de mi madre.
Las cosas llevan su ritmo. Es una afirmación obvia. Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta aceptarla! Queremos que los ciegos vean y los cojos anden, pero que sea “ya”. Esperamos que Dios cumpla su promesa y que haga que el Reino de Dios sea una realidad en toda su potencia, y lo queremos no para mañana, ni para hoy siquiera, lo queremos “para ayer”. Y de hecho, en muchas ocasiones, ante circunstancias difíciles, nuestra esperanza es de las primeras cosas que se vienen abajo ante las circunstancias difíciles.
Nos cuesta mucho tener paciencia. Y a pesar de eso, la Palabra de Dios vuelve a pedírnosla. Pablo con palabras directas y claras, con ejemplos lúcidos. Y Jesús en el Evangelio nos lo proclama con su propia vida, mostrándonos que cada cosa tiene su tiempo, y que quizás ahora, en este momento del Adviento, a nosotros nos corresponde sólo abrir los ojos y mirar alrededor, escudriñar todos los signos que nos muestran que a pesar de nuestras desesperanzas, impaciencias y cansancios, Él viene. Está cerca, muy cerca. Y descubriendo esa proximidad, veremos como el pequeño brote nos anuncia el florecimiento de su venida entre nosotros y de su Reino que va transformando nuestro mundo.

 

RAMON  GARCÍA

 

PARA LA ORACION

Estás viendo, Padre, cómo tu pueblo se prepara para celebrar el nacimiento de tu Hijo; ayúdanos para que nuestra preparación sea sincera y concédenos llegar a la Navidad; fiesta de gozo y salvación y celebrarla con alegría y con el propósito de trabajar por tu Reino.

Al presentarte, Padre, nuestras ofrendas, te pedimos que nos hagas a nosotros ofrendas vivas y esperemos vivir en todo momento la fraternidad que realizamos en este sacramento.

Te damos gracias, Padre misericordioso,  por Jesucristo, tu Hijo muy amado.
Porque tenemos motivos para el optimismo, la alegría y el júbilo.
Cristo es la raíz de nuestro contento, de nuestra esperanza cierta, y de nuestra caridad constante.
Enséñanos a vivir en tu presencia y darte gracias por tu amor personal y gratuito a nosotros.
Conviértenos, Señor, a la auténtica alegría: la que no es apariencia ni tampoco fugaz: la que permanece y llena nuestros gestos y nuestras palabras cuando tú estas en su origen.

Te pedimos, Padre, que esta Eucaristía en la que hemos participado nos prepare a las fiestas que se acercan, viviendo en todo momento conforme a lo que creemos.

 

LA MISA DE HOY

SALUDO

Hermanos, la alegría, el amor y la paz de Dios nuestro Padre, de Jesucristo el Señor y el Espíritu Santo estén siempre con vosotros.

ENTRADA

Queridos amigos, nos acercamos de nuevo a la mesa que Dios nuestro Padre nos prepara para celebrar el misterio del amor solidario de Jesucristo el Señor, muerto y resucitado por todos nosotros.
Este es el tiempo de la esperanza, de una esperanza que se apoya en la presencia del Hijo de Dios hecho hombre, entre nosotros. Una esperanza por lo tanto, que no es vana, porque Dios cumple sus promesas. El nos ha hecho saber que nos quiere vivos, compartiendo su vida; por eso nosotros, mientras llega esa plenitud que sólo El nos puede dar, debemos trabajar para que este mundo vaya participando de esa vida que El nos da a manos llenas.

ACTO PENITENCIAL

-Tú, luz de los hombres, que nos guías por la vida para alcanzar el amor de Dios nuestro Padre. Señor, ten piedad.
-Tú, enviado del Padre, que nos enseñas que el bien es más fuerte que el mal y nos llamas a confiar en el triunfo final. Cristo, ten piedad.
Tú, que te has hecho nuestro compañero de camino para que andemos por la vida con paz, con alegría y esperanza. Señor, ten piedad.

LECTURA PROFÉTICA

Leemos a continuación la descripción que hace el profeta Isaías de la intervención de Dios en la historia, transformando radicalmente la vida de los hombres, haciendo justicia a los desheredados de la tierra, trayendo alegría y gozo para todos y alejando la pena y la aflicción.

SALMO RESPONSORIAL (Sal 145)
Ven, Señor, a salvarnos.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.
Ven, Señor, a salvarnos.
El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.
Ven, Señor, a salvarnos.
Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.
Ven, Señor, a salvarnos.

LECTURA APOSTÓLICA

El Señor vino un día entre nosotros, y volverá en plenitud; pero entretanto sigue haciéndose presente día a día entre nosotros, en la Eucaristía, por medio de su Palabra, y a través de aquellos discípulos suyos que deciden poner su vida al servicio de Dios y de los hombres.

LECTURA EVANGÉLICA

Juan Bautista había recibido de Dios la misión de preparar la venida del Mesías; ahora manda una embajada para saber si Jesús es el esperado, y la respuesta que recibe no deja lugar a dudas: los ciegos ven, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la buena noticia... sólo Dios se preocupa así de los hombres que sufren.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Mientras esperamos la llegada gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo, que vino a anunciar la buena noticia a todos los que sufren, imploremos la misericordia de Dios, diciendo: Ven, Señor, Jesús.

  1. Para que la Iglesia acompañe siempre el anuncio de la buena noticia con accione liberadoras. Oremos.
  2. Para que el Señor libera a los oprimidos, conceda pan a los hambrientos, cuide con amor a los enfermos y abandonados, y nosotros colaboremos en todas estas tareas. Oremos.
  3. Para que mantenga firme nuestra fe en los momentos felices y nuestra esperanza en los momentos amargos. Oremos.
  4. Para que nuestra comunidad (parroquial) sea un fiel reflejo del amor que Cristo vino a traer al mundo. Oremos.

Oremos: Te pedimos, Padre, que tu bendición descienda abundante sobre tu pueblo, para que se alegre con la venida de tu Hijo y crezca en la fe y en la esperanza. Por JCNS.

JESUS GRACIA LOSILLA

CANTOS PARA LA CELEBRACION

Entrada. Qué alegría cuando me dijeron; Preparemos los caminos (disco “Nuevos cantos de Adviento y Navidad); Ven, ven, Señor, no tardes.
Acto penitencial. Señor, ten piedad (disco “12 Canciones religiosas y litúrgicas para el siglo XXI”).
Salmo. Ven, Señor, ven a salvarnos; LdS.
Aleluya. Aleluya, amén (de Deiss).
Ofertorio. La Virgen sueña caminos (disco “Preparad los caminos”).
Santo. De Palazón.
Comunión. Señor, ven a nuestras almas; Mi alma espera en el Señor (de Manzano); Tened encendida la lámpara (disco “Nuevos cantos de Adviento y Navidad”).
Final. Música instrumental.

 

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