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Cristo Rey del Universo C

Año XXXIII – Número 60 – Ciclo C – 25 de noviembre de 2007

JESUCRISTO
REY DEL UNIVERSO

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Mi reino no es de este mundo

No hace mucho he leído un libro que me ha iluminado grandemente acerca del significado de la fiesta que celebramos este domingo. Siempre me pareció un poco “de relleno”, por aquello de ser el último domingo del año litúrgico. Como si, puestos a terminar bien el año, pues celebramos cualquier cosa de las muchas que se nos puede ocurrir celebrar a los cristianos, aunque no toque mucho nuestra realidad cotidiana.

Pero sí, hay algo que celebrar, y nos toca muy de cerca. En los episodios finales de la vida de Jesús hay detalles que nos han de hacer reflexionar. Se nos escapa la Pasión porque el gran momento es el del tercer día. Y la fiesta de Jesucristo Rey no sólo adquiere sentido al tercer día de su muerte. Se revela en toda su fuerza durante la Pasión.

Porque fue allí, delante de Pilatos, del pueblo que gritaba y de todos los que se mofaban de Él cuando Jesús mantuvo su más regia dignidad. Nos estaba mostrando cómo la fe puede, si queremos, ayudarnos a mantener el tipo aún en los momentos más amargos. Nos enseñaba que la dignidad de hijos de Dios no nos la puede quitar nadie de este mundo, porque somos de un Rey que no es de este mundo. Un rey que es maestro en el dominio de sí mismo, que es señor de sus pasiones y que no es zarandeado por sus enemigos.

A menudo he oído charlas sobre eso de que los bautizados somos “sacerdotes, profetas y reyes”. Sacerdotes, vale, y profetas, también lo entiendo. Lo de los reyes siempre se me atragantó un poco más. No me cuadra sentirme reina cuando, desde la infancia, fe y humillación han ido agarraditas de la mano. Me han enseñado a identificarme con el hijo pródigo, la pecadora perdonada, el siervo arrepentido. En todas las manifestaciones  de la misericordia de  Dios que nos cuentan las Escrituras,  se suele resaltar el que los bautizados tomemos ejemplo de la humillación de los pecadores. Nunca nos alientan a identificarnos con los que hacen las cosas bien. ¿Será posible que nunca hayamos entrado en una iglesia en la actitud del pecador arrepentido? ¿Es que jamás ninguno de nosotros acudió a su padre a reconocer humildemente sus faltas?  No es posible. No podemos hacerlo tan rematadamente mal.

Para eso celebramos la fiesta de Cristo Rey, al final del año litúrgico y justo antes del Adviento, para recordar que somos hijos de rey. Que tenemos una dignidad inviolable, como cristianos, que nadie nos puede arrebatar sin nuestro consentimiento. Para tomar conciencia de cómo podemos ser humildes y reconocernos pecadores sin dejarnos humillar.

Desde nuestro bautismo llevamos dentro a un Rey que es significado de liberación y nueva vida. El rey que libera a los pueblos del antiguo testamento. El que trae la renovación y el aire fresco a las viejas normas y costumbres del pueblo judío. Un rey que nos levanta del suelo como a la mujer adúltera y nos endereza frente a los que nos hacen de menos.

Hasta uno de los dos ladrones que crucificaron a su lado se dio cuenta de que Jesús no era cualquier cosa. Al ladrón condenado a muerte le llegó su hora con la oportunidad de redimir sus pecados y cerrar sus cuentas con la vida.  Pidió clemencia a aquel al que reconoció como Rey, aún colgando de una cruz.  Y recibió la promesa de que moraría eternamente junto a Él.

Nosotros, sacerdotes, profetas y reyes, tenemos la misma oportunidad de reconocernos como tales. Porque tenemos el ejemplo y la promesa de Jesús de que llegaremos con Él al paraíso.

Palabra de Rey.

A. GONZALO

 

 

DIOS HABLA

II Samuel 5,1‑3
En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”». Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Colosenses 1,12‑20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Lucas 23,35‑43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

 

EXEGESIS

PRIMERA LECTURA
De las tres lecturas de este día, la primera podría parecer más desfasada. Y sin embargo, mal se entendería la fiesta de hoy sin la alusión al Rey por excelencia de toda la historia de la salvación: el Rey David. Libros sapienciales, históricos (Crónicas) Salmos…. y toda una expectativa vigente aún en tiempos de Jesús, mantienen viva la esperanza en el retorno a una ‘edad de oro’ que presidirá el Mesías del Señor, el Hijo de David.
De la misma forma que el mito paradisíaco, que abre la historia, en el futuro se proyecta el cierre de esta misma historia en el Apocalipsis, los tiempos idílicos de David permanecen como referencia de un tiempo que vendrá, en el que los diversos pueblos (Judá e Israel nunca se fundieron en uno; sólo permanecieron unidos bajo David y Salomón), podrán habitar en paz. Un tiempo más largo de lo esperado, un tiempo perfecto (40 años y seis meses).
Por poner un ejemplo de nuestros días, recientemente el rey Don Juan Carlos I aludía indirectamente a la importancia de la monarquía esgrimiendo el  argumento de treinta  años de convivencia pacífica entre quienes se sienten hijos de cada pueblo, pero que bajo la unidad de vida democrática han disfrutado de paz y prosperidad, no perfectas, pero sí desconocidas en tan largos siglos de historia compartida.
Esa es la imagen que la historia deuteronómica proyecta sobre aquel período paradisíaco de la Monarquía de Judá-Israel (1Re 5,5: “Israel y Judá vivieron tranquilos, cada uno bajo su parra y su higuera. Desde Dan hasta Berseba durante toda la vida de Salomón”).
Los textos de la liturgia de hoy darán un giro total al ‘reinado de Dios, la imagen de la compasión y la reconciliación consigo de todos los seres. Una nueva dimensión en la que tanto nos cuesta entrar también a los llamamos cristianos. Seguimos añorando las ‘cebollas y los ajos de Egipto’, temerosos de la libertad de los hijos de Dios.
Cada año revivo la impresión de una oración, la propia del Domingo 26 del tiempo ordinario: “Oh Dios que manifiestas tu poder con el perdón y la misericordia……”. Se rezó así el domingo en que fueron fusilados los últimos presos del franquismo…. con un clamor (el Papa el primero) pidiendo clemencia…
Olvidemos la connotación política tan directa. Ejemplos así los tenemos cada día en el mundo de hoy. Ejecución de reos (la pena de muerte, esa aberración de la justicia humana..), apresamiento de enemigos políticos… fronteras que se han vuelto una tortura…. el miedo. El miedo nos hace inmisericordes. Sólo la compasión nos hace libres.
        
TOMÁS RAMÍREZ

SEGUNDA LECTURA
El himno inicial de Colosenses ofrece una de las exposiciones más profundas en el Nuevo Testamento sobre la persona y obra de Cristo.
No es una reflexión teórica, sino una especie de canto o himno, introducido por el v. 12 con una acción de gracias. Ello nos manifiesta el talante con que han de leerse (o cantarse) esta líneas : aprecio existencialmente creyente de la figura del Salvador.
Tampoco se trata de ponderar la persona del Hijo en sí misma, sin relación con nosotros. Ya desde el mismo comienzo se afirma que nos ha hecho capaces de compartir la herencia, el don ; nos ha liberado del dominio de las tinieblas y hemos sido trasladados al “reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Es decir, es un enfoque eminentemente soteriológico, que nos manifiesta no sólo lo que Cristo es y hace, sino cómo nos encontramos nosotros gracias a Él.
Además de las afirmaciones sobre el sentido que el Hijo tiene en relación con la totalidad de la creación (vv.15-17) y respecto a la iglesia y a los seres humanos (vv.18-20), este párrafo muestra una acumulación extraordinaria de términos que describen los efectos que la acción de Dios en Cristo tiene para todos y cada uno de nosotros : herencia, liberación de las tinieblas, redención, perdón de los pecados, reconciliación, paz. Todos ellos en su conjunto nos revelan en qué consiste realmente el Reino del Hijo querido.
En conjunto el himno cristológico, además de exalta al Señor, nos pone delante la grandeza de nuestro destino según el plan de Dios. Los cristianos “viejos” tenemos necesidad de que nos saquen de nuestra rutina espiritual

                                                                                                          FEDERICO PASTOR

EVANGELIO

Lucas escribe desde la perspectiva de la culminación del camino y ha preparado la escena con mayor reiteración, si cabe, que Mateo y Marcos. La escena es la siguiente: Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, crucificaron a Jesús y a los dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda (v.33). La dinámica del camino converge en ese escueto crucificaron a Jesús.
De aquí arranca el texto. Por influjo, probablemente, del Sal. 22,7-8 y de Mateo y Marcos, la traducción litúrgica ha unificado en el gesto de burla a autoridades y pueblo. Lucas distingue, en realidad, ambos grupos. Del pueblo dice, sin más, que estaba allí mirando. La burla la restringe a dos grupos definidos: autoridades y soldados, judíos los primeros, romanos los segundos. Los primeros se refieren irónicamente a Jesús en términos de Mesías; los segundos, en términos de Rey, negándole ambas condiciones por incapacidad para salvarse de la suerte que está corriendo.
Lucas completa el capítulo de burlas con el letrero explicativo de la condena, el cual, al igual que las palabras de las autoridades y los soldados, adquiere también sentido irónico, ya que en la versión del proceso dada por Lucas no parece que Pilato se creyera que Jesús fuera rey. La culminación del camino parece, pues, saldarse con la mirada neutra y la burla incrédula.
El texto, sin embargo, no concluye aquí. Lucas es el único evangelista que ofrece una tradición diferente sobre los dos malhechores judíos crucificados con Jesús. Uno de ellos niega también a Jesús la condición de Mesías por el mismo motivo alegado por las autoridades judías: incapacidad para cambiar la situación; otro, en cambio, le reconoce esa condición y, a partir de ese reconocimiento, encarna un modo distinto de ver y vivir la situación. Sobresale una vez más uno de los trazos más sólidos de la pluma de Lucas: los marginados como lugar y vehículo de revelación y encarnación del camino cristiano.
La reacción del segundo malhechor tiene mucho en común con la del hijo pródigo del cap.15. Ambos se redimen porque son capaces de aceptar que la situación que están padeciendo es responsabilidad exclusiva suya y porque, desde esa aceptación, buscan la mirada bondadosa de Dios, en el presente caso formulada con la expresión temor de Dios, típica del Antiguo Testamento.
La pregunta ¿ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? corre el riesgo de ser malinterpretada, haciendo de Dios el referente del adjetivo mismo. El referente no es Dios sino Jesús, el crucificado del centro. El segundo malhechor ve en este crucificado al hombre que, a diferencia suya y del compañero a quien habla, no ha hecho nada merecedor de la cruz. A la vista del crucificado del centro, que comparte con ellos suplicio, el segundo malhechor invita al primero a poner su esperanza en Dios.
En este preciso momento, el texto está dejando claro que la culminación del camino no es la cruz sino el Dios a quien Jesús revela. El segundo malhechor ve en Jesús al Mesías, es decir, al Enviado de Dios, reconocimiento que ninguno de los circundantes hace, ni siquiera el pueblo neutral; el segundo malhechor ve en Jesús al Rey que tiene un reino y un reinado, el de la vida no obstante la muerte. ¿Qué otra cosa podría pedir un moribundo sino la vida?
Te lo aseguro, le responde Jesús, hoy estarás conmigo en el paraíso. Para algunos judíos de la época, el paraíso era el lugar en donde los judíos esperaban la resurrección. Hoy es el adverbio típico de Lucas para significar el tiempo de Jesús. Con este adverbio abre Lucas la actividad de Jesús (Lc 4,21); con este mismo adverbio la cierra. De esta manera, el final remite al comienzo; el hoy estarás conmigo en el paraíso al hoy se ha cumplido este pasaje. La buena noticia, la liberación, el año de gracia de que Jesús hablaba en la sinagoga de Nazaret adquieren en las palabras de Jesús al segundo malhechor su más hondo sentido y realidad: el triunfo de la vida sobre la muerte.
Llegamos así a la culminación del camino, envuelta, como el camino mismo y como el caminante Jesús, en la paradoja. Este término, paradoja, es precisamente el empleado por la gente, coincidiendo con otro hoy, a raíz de la curación de un paralítico y de la posterior interpretación de esa curación como perdón de los pecados: Hoy hemos visto cosas paradójicas (Lc 5,26). La última y más paradójica de todas las cosas es ésta de la vida no obstante la muerte. Hoy, en la cruz, se hace realidad esta paradoja ante la mirada neutra del pueblo y la incredulidad hostil de los poderes religioso y civil. Un malhechor, un marginado es el único capaz de percibir la realeza de Jesús.

ALBERTO BENITO

NOTAS PARA LA HOMILIA

 

El reino del Hijo querido
El último domingo del año cristiano, el de la semana treinta y cuatro del Tiempo Ordinario, se celebra la esperanza definitiva de la fe cristiana: la realidad de la culminación de los tiempos y la creación nueva, según el orden establecido por Dios, en su Hijo Jesucristo. Es la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. La escena del evangelio de este día es Jesús en la cruz, en los últimos instantes antes de su muerte. ¡Qué paradoja, tan incomprensible para la razón humana! El Rey del Universo, colgado y agonizante en un madero junto a dos malhechores. ¡Qué diferente de la concepción triunfalista de la realeza! ¡Y qué diferente de la idea del mesianismo de su tiempo! ¿Eres tú el rey de los judíos?, había preguntado Pilato momentos antes, durante el juicio sumarísimo en el pretorio. Tú lo dices, había respondido Jesús. Sólo Pilato tuvo el privilegio de escuchar esto de labios de Jesús. Ahora, abandonado de todos (de las autoridades, del pueblo, de los soldados, de uno de los malhechores, de los discípulos...), se impone el testimonio de Pilato en el letrero que cuelga de la cruz: ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Pero todos niegan su condición de rey y su condición de Mesías. Bueno, todos menos uno: el otro malhechor. Él sí lo ha reconocido: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. El asunto es el “cómo” del ser Rey de Jesús. Condenado y ajusticiado, Jesús no da muestra alguna de revelarse ni de sentir en contra de sus ejecutores. Jesús es el Rey de la misericordia. Es el Rey manso y humilde de corazón. Es el Rey del perdón, incluso, a los enemigos. Todo lo que había enseñado a los discípulos lo testimonia ahora él en el momento capital. Pero Jesús es el Rey que no aparenta ser Rey. Es el Rey de la entrega, de la cruz. No es el rey del dominio, ni del poder, ni del prestigio, ni del dinero. Es el Rey desnudo, anonadado, clavado y ejecutado. El Rey de los pobres y excluidos que paga, con ellos, las consecuencias de la injusticia.

Todas las penalidades que conlleva la muerte de Jesús en la cruz, se van a tornar en triunfo resplandeciente por la luz de la resurrección. Jesús resucita en la mañana de Pascua y es entonces cuando se manifiesta su gloria. El fracaso de la cruz no es tal porque Dios ha intervenido despertándolo de la muerte para siempre, primogénito de toda la humanidad. Todo el amor que Jesús ha puesto en su entrega, en su pasión y su muerte, encuentra ahora su sentido. El abandono, el rechazo, la condena, las burlas, el dolor, la cruz, la muerte... no se habrían entendido si no hubiera resucitado. Pero, al resucitar, muestran, en verdad, el sentido y el calado de la realeza de Jesús. Jesús es Rey, pues ha sido glorificado sobre la muerte y sobre el pecado; y, en su resurrección, la muerte y el pecado han sido definitivamente vencidos.

Pero la realeza de Jesucristo es más. Va mucho más lejos. La reflexión teológica de Pablo y de Juan, y de las primeras comunidades cristianas, concluye que Dios quiso recapitular en Cristo todas las cosas, que por medio de él fueron creadas todas las cosas, que todo fue creado por él y para él, que él es el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo, y que en él quiso que residiera toda la plenitud. Es decir, que este mundo, que no se ajusta al plan de Dios, no tiene futuro. Ha sido reconciliado, sí, pero necesita ser transformado según Jesucristo. Él es la muestra de lo que todo tiene que llegar a ser. Mediante el amor más perfecto y absoluto, Dios hará un mundo nuevo según Jesucristo glorificado. Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, dirá San Juan en sus escritos, porque el primer mundo ha pasado, y ahora todo lo hago nuevo. A ese mundo nuevo se le llama también la nueva Jerusalén, pues es la imagen profética de la paz universal, al tiempo que la presencia permanente de Dios en todos. A vivir así nos ha llamado Dios, sacándonos del dominio de las tinieblas y trasladándonos al reino de su Hijo querido. Tal es el amor que Dios nos tiene. En eso consiste esta fiesta; en eso consisten nuestra fe y nuestra esperanza cristianas.

Al terminar el ciclo C, dejaremos ya la lectura del evangelio de Lucas cada domingo. A lo largo de este tiempo, nos ha presentado a Jesús como el Salvador del mundo, que, a través de Israel, ha traído un mensaje universal y una salvación universal; que ha dado muestras continuas de la gran misericordia de Dios; que se ha preocupado de un modo especial de los pobres y los marginados; y que ha hecho un largo viaje a Jerusalén para entregarse, inocente, a la muerte y resucitar glorioso como lo anunciaban las escrituras. Jesús sigue adelante en el mundo a través de sus discípulos, de la comunidad de la Iglesia. Ellos son enviados por Jesús a realizar la tarea que a él le encomendó el Padre. El Espíritu Santo será su nueva presencia en el mundo; él congregará en la unidad a todos los creyentes y los engendrará para Dios. María, la Virgen Madre de Jesús, es modelo y paradigma de todo creyente. Una verdadera gracia de Dios haber podido profundizar en el tercer evangelio. Pero el próximo domingo, con el Adviento, daremos comienzo al ciclo A y, en él, encontraremos la lectura también apasionante del evangelio de Mateo. Y, como diría Jesús: el que tenga oídos para oír, que oiga.

JUAN SEGURA

 

PARA LA ORACION

Padre misericordioso, envíanos tu Espíritu Santo para que descubramos que la Iglesia es Madre. Que reviviendo el don de nuestro bautismo crezcamos en la fe y el amor a Ti.

Dentro de nosotros, Señor, se va construyendo Tu Reino. Ayúdanos para que en las relaciones humanas, en la vida diaria, no nos cansemos de comprometernos en la construcción de un  mundo de acuerdo a tu voluntad.

Te damos gracias, Padre nuestro
Porque en tu Hijo Jesucristo, Hermano y Señor nuestro,
Rey del Universo,
conocemos tu amor sin limites.

Desde el trono de la cruz, a la luz de su resurrección,
nos muestras tu Reino, como proyecto y realidad,
como presencia y promesa futura que culminará al final de los tiempos.

Puestos en tus manos, experimentamos la grandeza de tu providencia.
Que nuestra confianza en tu misericordia, Señor,
nos lleve a construir y anhelar tu Reino: reino de justicia y paz,
de gozo en el Espíritu Santo.
Que al decir: “venga a nosotros tu Reino”, vivamos en conformidad con contigo,
haciéndonos disponibles para ponernos en camino hacia Ti y hacia los demás

Gracias, Señor, por alimentarnos con tu Cuerpo y tu Sangre. Tú nos has confiado la misión de vivir y anunciar tu Reino. Con confianza te pedimos que nos concedas vivir junto a Ti, por toda la eternidad.  Por Jesucristo nuestro Señor.

 

LA MISA DE HOY

SALUDO

Hermanos: Que Jesucristo, el Hijo amado de Dios Padre, que nos muestra su Reino como camino de vida y salvación esté con todos vosotros.

ENTRADA

Sed todos bienvenidos a esta celebración Eucarística, con la que concluimos un año litúrgico. Semana tras semana hemos ido celebrando a Cristo, en su misterio Pascual de muerte y resurrección.
Cada Eucaristía nos introduce en la vida y el mensaje de Jesús. Hoy cuando lo proclamamos Rey del universo estamos reconociendo que Él no solo es el Camino, también es el origen y sobre todo la meta.
Jesús anuncia e inicia el Reino de Dios.  Él es Rey, pero de otra forma a la que pensamos  habitualmente nosotros. El Reino de Dios es: “paz, justicia, amor, vida, verdad, cercanía de Dios, filiación y fraternidad, reconciliación universal, comunidad fraterna y adorante”.
Jesucristo, en su trono que es la cruz, nos descubre el rostro de Dios Padre, y nos muestra a los marginados, a los necesitados y atribulados como punto de encuentro de la humanidad con Dios.
Que esta Eucaristía nos anime a mirar en profundidad nuestra vida para descubrir cuál es la voluntad de Dios para nosotros. Que nuestra caridad sincera y nuestra acogida generosa reflejen la misericordia de Dios en medio de todos los que sufren.

ACTO PENITENCIAL

Dios Padre nos ha creado por puro amor. Reconocemos que en algunas ocasiones no somos fieles a su proyecto de Salvación.

  1. Tú, que has venido para que tengamos vida en abundancia. Señor, ten piedad
  2. Tú, que en la Cruz nos revelas el rostro de Dios desde la confianza y la fidelidad. Cristo, ten piedad.
  3. Tú, que estás en medio de nosotros como el que sirve. Señor, ten piedad

 

LECTURA NARRATIVA

Dios había elegido a David como jefe de su pueblo. Samuel el profeta lo unge como rey en nombre de Dios. Todas las tribus de Israel van hasta  Hebrón, allí sus representantes hacen un pacto con David y le ungen rey de Israel. El pueblo es del Señor; el rey  es un instrumento de Dios para que lo conduzca por el buen camino. Es un mesías que anuncia al Mesías.

Salmo responsorial (Sal 121)
Vamos alegres a la casa del Señor.
¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Vamos alegres a la casa del Señor.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.
Vamos alegres a la casa del Señor.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo afirma que Cristo, por quien y para quien todo ha sido creado, es también el que todo lo sostiene y lo salva. El es el primero que ha resucitado de entre los muertos y el principio de toda redención. Cristo ha muerto para que la humanidad, todo lo creado tenga vida. Por medio su entrega hasta la muerte de cruz  se alcanza la paz universal y la reconciliación que hace posible la existencia.

LECTURA EVANGÉLICA

El Evangelista Lucas nos muestra la meta del camino de Jesús. Desde la cruz Jesucristo reina: un reinado que es servicio, entrega, donación de sí mismo. La presencia vivificante de Dios Padre la encontramos en el misterio de la Cruz. Los pobres y rechazados de la tierra son signo y llamada del Dios de Jesús.

ORACIÓN DE LOS FIELES

El Reino de Dios, presente e inaugurado por Jesús, es don y tarea. Unidos en la misma fe elevamos a Dios nuestras súplicas: Diremos: Venga a nosotros tu Reino, Señor.

  1. Por la Iglesia para que muestre con claridad y audacia los valores de Reino de Dios. Oremos.
  2. Por los políticos y economistas para que en sus actuaciones y planes de desarrollo valoren las necesidades urgentes  y vitales de los  habitantes de los países del mundo. Oremos.  
  3. Por todos los que necesitan justicia, bienestar, afecto y comprensión para que  el testimonio de la caridad cristiana sea la respuesta permanente a estas formas de sufrimiento humano. Oremos.
  4. Por esta comunidad para que descubramos en los humildes y sencillos, en los pobres y marginados la presencia de Dios que nos llama a salir de nuestra indiferencia e individualismo.  Oremos.

 

Escucha, Padre, nuestras suplicas. Somos tus hijos y confiamos en tus promesas. Ayúdanos a buscar tu Reino tratando y orientando, según tu Palabra, lo que nos acontece cada día. Por Jesucristo, nuestro Señor.

JESUS GRACIA LOSILLA

CANTOS PARA LA CELEBRACION

 

Entrada. Himno a Jesucristo (disco “12 Canciones religiosas y litúrgicas para el siglo XXI”); Alabaré, alabaré; Cristo es el camino, la verdad y la vida (disco “Dios es amor”).
Gloria. De Palazón.
Salmo. Qué alegría cuando me dijeron.
Aleluya. Aleluya, el Señor es nuestro rey.
Ofertorio. Christus vincit.
Santo. Del disco “12 Canciones religiosas y litúrgicas para el siglo XXI”.
Doxología. 1CLN-K 1.
Paz. Cristo es nuestra paz (disco “Viviremos con él”).
Comunión. Cantemos al amor de los amores; Altísimo Señor; Gloria, honor a Ti; El Señor nos invita (disco “15 Cantos para la Cena del Señor”).
Final. Anunciaremos tu reino.

PARROQUIAS
Nuestra Señora de la Asuncion de Artedosa
San Pedro de Beloncio
San Juan de Berbio
Sto. Domingo de Marea
Santa Ana de Maza
Santa Eulalia de Ques
Santo Toribio de Tozo
Santuario Virgen de la Cueva
La Obra Pia de Piloña y Colegiata de Infiesto
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